Sueños compartidos
Yo, que hace 5 años leía ávidamente el Duérmete Niño y comentaba orgullosa con mis compañeras de la oficina los "buenos resultados" que estaba obteniendo al seguir prolijamente sus instrucciones, me fui a dormir anoche: me subí a la cama por los pies, caminé casi hasta las almohadas, corrí para un lado a Sofi, cambie la posición del brazo de Fran y me metí debajo de las sábanas (con una técnica que no se como explicarles, pero que no destapa a nadie).
A Fran le da risa cuando digo que duermo como "el jamón del sandwich", pero es tal cual!: el espacio que me toca es (con suerte) igual al ancho de mis hombros, y adquirí el hábito de acomodarme el pelo todo el tiempo para que no le quede a ninguno en la cara.
En mi noche también rige aquel viejo dicho que nos recuerda que "el que se va a Sevilla pierde su silla", porque si me doy vuelta para un lado, no puedo arrepentirme sin tener que sacar brazos, piernas o cabezas del pequeño espacio que quedó libre y quiero recuperar.
Cualquiera puede pensar que es muy incómodo dormir así, sin embargo no imagino una manera de sentirme más cerca de ellos.
Después de una (demasiado) larga jornada, separados y esperándonos, o juntos pero ineludiblemente ocupados, nada podría reconfortarnos a todos más que compartir nuestros sueños. Ningún otro sistema podría generar esa energía que me conecta con ellos, que en medio del silencio me dice tanto.
Estoy segura que si pudiese ver el aura, vería una sola para los cuatro, envolviéndonos en una misma magia.
No imagino cómo podría dormir en paz si la mitad de la cama que me corresponde fuese solo para mi.
Y no, no creo que dormir así atente contra la intimidad de la pareja, creo que muchas otras cosas atentan, creo que la creatividad siempre es una buena aliada, y creo que si logramos captar lo que realmente estamos haciendo por nuestros hijos al aceptarlos en nuestra cama, estamos unidos mucho más allá de nuestros cuerpos.
A Fran le da risa cuando digo que duermo como "el jamón del sandwich", pero es tal cual!: el espacio que me toca es (con suerte) igual al ancho de mis hombros, y adquirí el hábito de acomodarme el pelo todo el tiempo para que no le quede a ninguno en la cara.
En mi noche también rige aquel viejo dicho que nos recuerda que "el que se va a Sevilla pierde su silla", porque si me doy vuelta para un lado, no puedo arrepentirme sin tener que sacar brazos, piernas o cabezas del pequeño espacio que quedó libre y quiero recuperar.
Cualquiera puede pensar que es muy incómodo dormir así, sin embargo no imagino una manera de sentirme más cerca de ellos.
Después de una (demasiado) larga jornada, separados y esperándonos, o juntos pero ineludiblemente ocupados, nada podría reconfortarnos a todos más que compartir nuestros sueños. Ningún otro sistema podría generar esa energía que me conecta con ellos, que en medio del silencio me dice tanto.
Estoy segura que si pudiese ver el aura, vería una sola para los cuatro, envolviéndonos en una misma magia.
No imagino cómo podría dormir en paz si la mitad de la cama que me corresponde fuese solo para mi.
Y no, no creo que dormir así atente contra la intimidad de la pareja, creo que muchas otras cosas atentan, creo que la creatividad siempre es una buena aliada, y creo que si logramos captar lo que realmente estamos haciendo por nuestros hijos al aceptarlos en nuestra cama, estamos unidos mucho más allá de nuestros cuerpos.
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